
Una historia real. Primavera de 1991.
Tenía veintipocos años y trabajaba en telecomunicaciones, en Murcia. Hacía apenas unos días que habían terminado las Fallas valencianas, de las que soy un acérrimo defensor.
El olor a pólvora me pone palote.
El edificio era una mole de hormigón armado de cinco plantas, con pocas ventanas y pasillos largos, altos y ligeramente inclinados. Un edificio diseñado para que ni un terremoto consiguiera poner en jaque las comunicaciones.
Aquel día habría unos catorce compañeros trabajando, entre técnicos, jefes de grupo y el encargado de agrupación provincial.
Todo transcurría con normalidad hasta que aparecieron por sorpresa los compañeros del departamento de seguridad. Venían con sus pértigas y sus botes de gas para comprobar el funcionamiento de los detectores de humo y realizar un simulacro de evacuación.
Perfecto. Ellos entran y se identifican en la garita de control.
Yo llego detrás. Vengo de viaje desde Valencia. Con gafas de sol.
Resacoso.
Saludo al vigilante de seguridad y miro a los presentes. Entre ellos, veo a un conocido. Le doy una colleja amistosa.
—¿Qué hacéis aquí, Mariano?
Mariano era el técnico responsable de seguridad de la provincia. Nos conocíamos desde hacía mucho tiempo y venía acompañado de otros dos técnicos.
—Nos han mandado hacer una prueba de evacuación para comprobar los tiempos de reacción, haciendo saltar los detectores de humo. Pero tú no digas nada.
Lo miro y le digo:
—Pues vaya mierda de prueba. En este edificio no se va a enterar nadie.
Me mira con cierta desconfianza.
—¿Y tienes una idea mejor?
Para qué preguntó nada.
Hay momentos en la vida en los que una idea parece mucho mejor dentro de tu cabeza. Sobre todo, si esa cabeza arrastra una resaca considerable.
—Espera. Vamos a hacerlo realista.
Vuelvo al coche. Abro el maletero y saco un masclet valenciano.
Gordo.
Grande.
Entro en el edificio y aviso al vigilante de seguridad. Al verlo, se incomoda. Le digo que es para la prueba del simulacro. Accede sin demasiada convicción.
Me acompaña y no se separa de mí. Me conoce.
No se fía.
Le enseño el masclet a Mariano. Él sonríe nervioso.
Entonces lo giro entre los dedos y pronuncio la frase por antonomasia española:
—No hay güevos.
El big bang de las frases.
La que inicia guerras y hace avanzar al mundo.
Y también a los estúpidos.
Mariano, como buen murciano, entra al trapo:
—¿Que no hay güevos? ¡Dámelo!
Se lo doy.
El vigilante nos mira. No da crédito. No dice nada. No sé si está paralizado por el petardo o por nuestra estupidez.
Mariano coloca el masclet de pie al principio del pasillo principal. Es largo como una trinchera y tiene un ligero desnivel. Al fondo está el despacho del encargado jefe. La puerta está abierta. Dentro, como todas las mañanas, el encargado fuma y lee el periódico deportivo.
Los tres presentes, el vigilante, Mariano y un servidor, contemplamos hipnotizados el chisporroteo de la mecha.
¿Qué puede salir mal? Solo es un masclet encendido en un pasillo largo como una trinchera.
Pues ocurrió.
Lo impensable.
El fuego de la mecha hizo caer de costado al masclet.
Y empezó a rodar.
Cada vez más rápido.
Soltando chispas.
Hasta detenerse frente a la puerta abierta del despacho del encargado.
Dentro, el encargado seguía allí. Fumando. Leyendo el periódico deportivo. Ajeno a lo que ocurría.
Mariano y yo nos miramos.
Miramos al vigilante.
Los tres miramos la puerta de salida.
No hubo palabras. Ni tiempo para ellas.
Solo el instinto de supervivencia.
Y entonces salimos corriendo.
Todavía no sé cómo tres atunes conseguimos pasar a la vez por aquel hueco.
La explosión fue de órdago.
El pasillo amplificó el sonido por todo el edificio y el humo lo ocupó todo.
Los compañeros de las plantas superiores bajaban los escalones de cinco en cinco, huyendo por la puerta de emergencia. Pensaban que había explotado la sala de baterías.
En mitad del pasillo, entre la humareda, apareció el encargado de agrupación con un cigarrillo en la comisura de los labios.
Blanco como la leche.
Con una mano en el pecho.
Preguntando qué había pasado.
Yo expliqué, con toda la flema de la que era capaz, que había pensado que un simulacro más realista sería mejor para comprobar cómo reaccionábamos ante una emergencia.
Todos se miraron.
Después me miraron a mí.
No me colgaron del hueco del ascensor porque las risas histéricas, con lágrimas incluidas, se lo impidieron. Sobre todo, cuando se imaginaban el masclet rodando por el pasillo hasta detenerse frente a la puerta del despacho del encargado y la huida desesperada de los tres atunes.
La dirección nunca se enteró de lo ocurrido.
Ni la empresa de seguridad.
Nadie de los presentes dijo nada.
¿Cómo explicar lo ocurrido sin llorar de risa?
Imposible.
P’avernos matao.


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