

Una historia real. Primavera de 1991. Tenía veintipocos años y trabajaba en telecomunicaciones, en Murcia. Hacía apenas unos días que habían terminado las Fallas valencianas, de las que soy un acérrimo defensor. El olor a pólvora me pone palote. El edificio era una mole de hormigón armado de cinco plantas, con pocas ventanas y pasillos…